Monocromías de Verónica Doerner

October 17, 2015

 

 

Verónica Doerner

Entre abstracto y figurativo, entre paciencia y misterio.

 

La artista chilena Verónica Doerner propone unas telas en las que se mezclan elementos pertenecientes al universo de lo abstracto con otros que, aunque estén lejos de calcar una representación completamente “literal”, recuerdan a figuras reconocibles. El resultado es un dialogo armónico y paciente que, sin embargo, conlleva en sí mismo una llamativa aura misteriosa.

"Fuera del dramatismo que las obras tienen abajo, como fondo las figura intervienen de forma contraria: con armonía, paz y tranquilidad".

 

Verónica, que está sentada en su sosegado taller ubicado en las despejadas cumbres santiaguinas de San Carlos de Apoquindo, lleva ya un buen rato relatando su historia. Desde la infancia vivida entre Colombia y Panamá, pasando por el descubrimiento de una fuerte inquietud estética, para llegar a la vuelta a Chile, con diecinueve años. Pues ahí, en la Universidad Católica, pudo finalmente meterse con entusiasmo a cuantos más talleres pudiese y comenzar, concretamente, su trayectoria creativa.

Sin embargo, al conversar sobre la actividad que desarrolla como profesora de pintura y sobre las técnicas que actualmente ocupa, Verónica de pronto pronuncia una frase que se revelará increíblemente esclarecedora con respecto, no solamente a toda su producción artística, sino, quizás, también de la totalidad de su vida misma: “El drip-painting –dice refiriéndose a la técnica que a menudo aprovecha en sus lienzos– no es llegar y parar el cuadro. En cambio, es todo controlado. En este sentido hay que manejar mucho la paciencia, porque todo tiene su tiempo. Y hay que saber a dónde quieres llegar”.

Eso: Verónica Doerner –chilena nacida en Colombia, viajera, hija, estudiante, dibujante, trabajadora en decoración, madre, artista– siempre supo donde quería llegar. Y, aunque en verdad le haya tomado cierto tiempo, probablemente fue exactamente esta capacidad de mezclar serenidad con perseverancia la que hizo posible que, más o menos cinco años atrás, se sentara en el mismo armonioso taller en donde ahora rebobina mentalmente sus aventuras y afirmase, tal vez admirando a un cuadro recién terminado, “¡Esto es lo mío!”. Y lo suyo era, desde luego, la pintura.

 

Pues, ninguna casualidad si hoy en día los trabajos de Verónica reflejan perfectamente esta actitud paciente y consciente: se denota en el gesto pictórico, capaz de aguardar para que la obra decante, como en la mirada experta que sabe alejarse para que la tela le devele algo más. Así, como se manifiesta gráficamente, también, en el producto terminado; donde –gracias a un refinado debate entre lo abstracto y lo figurativo– se produce aquella sensación de potente emotividad, incursionada por elementos conciliadores que se ha convertido en la verdadera firma de Verónica Doerner.

“Fuera del dramatismo que las obras tienen abajo, como fondo –explica la artista- las figuras intervienen de forma contraria: con armonía, paz y tranquilidad. Porque así, al contrastar la figura con el fondo, este dramatismo baja generando otro lenguaje: más sensible, más emocional y más imaginativo. Por eso es tan importante la figura exactamente como el fondo”.

Se trata, al fin y al cabo, de la complicada búsqueda de una concordia entre dos universos semióticos que, aunque parezcan muy lejanos, desvelan una inesperada complementariedad: así el mono-cromatismo tan amado por Verónica arma abstractos y potentes escenarios que hospedan, se podría decir, pequeñas huellas de una realidad que se asoma aquí como la vaga insinuación de un recuerdo ya olvidado y a punto de ser re-descubierto.

 

 

Hay, de esto no cabe duda, siempre una reinterpretación, una doble lectura, un diálogo profundo desde el cual, en última instancia, florece una atmosfera armoniosa. Y justamente Armonía se titula la nueva serie de obras que actualmente rodean a Verónica Doerner en su taller en las alturas metropolitanas: allí unos simples y esbozados pájaros de hermoso plumaje descansan encima de sutiles ramas que se abren como grietas dentro de aquellos fondos turquesas, grises, blancos o rojos alcanzados gracias a la superposición de numerosísimas capas de acrílico, en las que se entrecruzan aglomerados de materia con aguadas chorreantes.

“Armonía me produce esta sensación: el cantar de los pájaros –confiesa la artista– Porque tiene una historia, y me gusta eso de la musicalidad, de lo que pueda evocar, de la sensación que pueda dar… Es una comunión –continua– donde hay un misterio”.

Y así es, en el fondo. Porque aquella musicalidad que se vislumbra en las obras de Verónica Doerner se convierte improvisamente en un cautivador misterio por revelarse. Una sensación que –nuevamente– se podría relacionar con la esencia misma de la vida de la artista. Pues si ella, pacientemente, siempre supo adonde arribaría –percepción esta que se evidencia claramente en su forma de trabajar la tela– es cierto también que tuvo que hallar el camino para llegar a su destino: atreviéndose, equivocándose, sorprendiéndose, explorando, apostando. En fin, serenamente descubriendo exactamente aquel misterio que es el eje central de la existencia misma. Aquel misterio que hoy en día, aunque siempre domine la composición por pintar, lleva inevitable y poderosamente a sus pinturas.

 

Francesco Scagliola / Italia

 

 

 

 

 

 

 

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